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LA PACIENCIA

 

 

En un pequeño pueblo de Turquía, un hombre llamado Hussien se casó con la hija de su vecino. En la fiesta de la boda, Hussein se quedó fascinado por la conversación de dos religiosos eruditos que habían sido invitados a venir y oficiar la ceremonia. Aquellos hombres citaban de memoria largos pasajes del Sagrado Corán; trataban de las complejas interpretaciones de la ley religiosa y discutían los diferentes significados de las frases árabes. Hussein les preguntó cómo habían desarrollado tal conocimiento y sofisticación. Le dijeron que habían pasado muchos años estudiando en las grandes academias religiosas de Estambul.

A la mañana siguiente, después de la noche de boda, Hussein le dijo a su esposa: “Tengo veinte años y siento que no sé nada de verdadera importancia. Deseo ir a Estambul y convertirme en un erudito. Por favor, cuida de nuestra granja y de mis padres mientras estoy fuera. Volveré tan pronto como pueda ser un erudito”.

Hussein se fue a Estambul, que estaba a muchas semanas de viaje. Pasó los siguientes treinta años estudiando, yendo de un maestro a otro en búsqueda de conocimiento. Al llegar a los cincuenta años, Hussein partió finalmente a su pueblo natal, vestido con la ropa de un erudito del más alto rango.

En el camino a casa, se detuvo en un pueblo pequeño, aproximadamente a un día de distancia de su hogar. Los aldeanos estaban emocionados al encontrar un hombre de conocimiento entre ellos y le pidieron que pronunciara un pequeño sermón luego de la oración. Todos estaban encantados de escuchar sus sabias palabras, aunque no comprendieran la mayor parte de sus comentarios eruditos. Después, varios aldeanos se le acercaron y le invitaron a quedarse con ellos esa noche. El primer hombre que había hecho el ofrecimiento insistió en que el derecho era suyo y Hussein estuvo de acuerdo en quedarse con él.

Después de la cena, el aldeano le preguntó a su huésped cómo había llegado a ser un erudito. Hussein le contó la historia de su vida, cómo había dejado su casa el día después de su boda para ir a Estambul y llegar a ser un erudito. Recordó que se había ido a los veinte años y ahora volvía a la edad de cincuenta. Sus ojos se llenaban de lágrimas pensando en su familia y amigos que había dejado por tanto tiempo.

El aldeano dijo: “¿Puedo hacerte una pregunta?
“Desde luego, pregunta lo que quieras”, respondió Hussein.
“¿Cuál es el principio de la sabiduría?”.
“El principio de la sabiduría es pedir la ayuda de Dios en todo”.
“No, ese no es el principio de la sabiduría”, dijo el aldeano.
Hussein replicó: “Entonces es decir, En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo, antes de cada actividad”.
“No, tampoco es eso”.

Hussein mencionó todas las respuestas eruditas que había aprendido en los últimos treinta años, pero el aldeano se negó a aceptar ninguna de ellas como la respuesta correcta. Finalmente se rindió y le preguntó a su anfitrión si él lo sabía. El hombre asintió y Hussein le rogó que le enseñara el principio de la sabiduría.
El aldeano dijo: “No te puedo enseñar en una noche lo que no has sido capaz de encontrar en estos treinta años de estudios. Eres un hombre sincero e inteligente. Estoy seguro de que te puedo enseñar el principio de la sabiduría en un año. Los hay que nunca pueden aprenderlo, por mucho que lo intenten”. Así que Hussein acordó en quedarse un año con el hombre para llegar a aprender el principio de la sabiduría.

Al día siguiente, el aldeano llevó a Hussein al campo. Trabajaron tan duramente que aquella noche Hussein terminó totalmente rendido. Esto continuó durante todo un año. Hussein nunca había trabajado tan duramente en su vida, pero lo soportó todo con el propósito de aprender el principio de la sabiduría. Sin embargo, cuando le preguntaba a su anfitrión, el aldeano siempre le decía que esperara.

Al fin, el año se terminó. Cuando volvieron a la casa, Hussein le pidió al aldeano que le enseñara el principio de la sabiduría de una vez por todas. El lugareño respondió que se lo enseñaría a la mañana siguiente. “¿Tan corto es?”, estalló Hussein. “El decirlo es corto, pero no el entenderlo”.
A la mañana siguiente, después del desayuno, el aldeano le pidió a su mujer que preparase una bolsa de comida para su invitado de honor, con pan fresco para el viaje, fruta y carne.
“¡Olvídate de la comida y dime cuál es el principio de la sabiduría!”, gritó Hussein.
“Ten paciencia”, dijo el aldeano, que continuó haciendo los preparativos para la partida de su huésped.
“No intentes engañarme”, dijo Hussein. “Me he pasado un año trabajando como un burro tan sólo para aprender el principio de la sabiduría. ¿Cuál es?”.
“Paciencia”, dijo el aldeano.
“No, no me hagas esperar más”, gritó Hussein, “me lo tienes que decir ahora”.
El aldeano se volvió hacia su huésped y le dijo con la mayor seriedad: “El principio de la sabiduría es la paciencia”.

Hussein se puso furioso. “Me has tomado por tonto y te has aprovechado de mí. ¡Puedo recitar volúmenes enteros sobre el tema de la paciencia! ¡Conozco cada verso del Sagrado Corán en donde se menciona la paciencia!”.
El aldeano respondió: “Cuando hace un año te pregunté cuál era el principio de la sabiduría, no fuiste capaz de contestar. Y cuando te pregunté si estabas dispuesto a pasar un año conmigo para aprender la respuesta, estuviste de acuerdo. Hace un año, no eras capaz de comprender la respuesta. Durante todo este tiempo te he enseñado la paciencia y la verdad es que tienes que ser paciente para aprender cualquier cosa importante. Has experimentado la paciencia, y ese es el verdadero aprendizaje”.
“Un erudito lleno de sabiduría sin digerir, que no ha aprendido a aplicar lo que sabe a su propia vida, es simplemente como un burro transportando una carga de libros. Los libros no han hecho nada por el burro, y tu estallido muestra que todo tu aprendizaje no ha servido de nada”.
“El aprender muchas cosas y luego enseñarlas sin haberlas puesto en práctica causa un perjuicio terrible a los demás. Cuando la gente te escuche recitar las palabras de los grandes profetas y santos sobre la fe y la caridad y luego vean que tu mismo prescindes de estas cualidades, verán que eres un mentiroso. Y peor todavía, pueden llegar a no creer en esas verdades divinas de las que hablas. ¿Cuál crees que sería tu recompensa si aquellos a los que intentas enseñar, al final perdieran su fe porque tus acciones no estaban de acuerdo con tus palabras?”.
“Por eso es tan importante tu estudio de la paciencia. Un auténtico erudito es aquel que pone en práctica lo que sabe. Sin esto, solamente hay falsedad. Así que vuelve a casa y comparte tu sabiduría con tus vecinos, pero nunca te olvides de aplicar en tu propia vida lo que has aprendido en tus estudios”.

Este no era un aldeano corriente. Era un maestro de verdad, un santo que enseñaba las verdades más profundas a aquellos que fueran capaces de aprenderlas. A través de él, Hussein fue capaz de empezar a asimilar sus treinta años de estudios.
Hussein caminaba lentamente de vuelta a su ciudad natal, meditando sobre lo que había escuchado aquella mañana. Cuando llegó a su antigua casa era ya de noche. Al mirar por la ventana, vio como su mujer abrazaba y acariciaba el pelo de un joven. En un primer momento se quedó atónito, mas luego se enfureció al ver que su mujer había tomado a otro hombre durante su ausencia. Hussein sacó la pistola que había comprado en Estambul para protegerse de los bandidos en el largo viaje a casa. Cuando estaba a punto de matar a la pareja, recordó su lección de un año de paciencia. Quitar la vida no era una cosa insignificante.

Hussein decidió enterarse bien de todos los hechos antes de actuar. Se fue a la mezquita del pueblo, donde toda la gente empezaba a reunirse para la oración de la noche. Todos los aldeanos quedaron impresionados con sus vestiduras de erudito y le trataron con gran respeto. Nadie le reconoció y Hussein empezó a hacer preguntas acerca de sus antiguos vecinos y amigos. Muchos de los que eran mayores que él se habían muerto. Casi todos sus amigos eran abuelos.
Entonces preguntó: “¿Y qué pasó con aquel hombre llamado Hussein, que hace años se fue del pueblo para ir a Estambul? Uno de los vecinos respondió: “No hemos oído de él en más de treinta años. Su mujer tuvo grandes dificultades cuándo él se fue, al día siguiente de la boda. Se había quedado embarazada aquella noche y tuvo que trabajar mucho durante años para criar a su hijo ella sola. Sin saber lo que le había pasado a su marido, sin saber si iba a volver o no, educó a su hijo para ser un hombre erudito, lo mismo que había querido su esposo. Ahora, él es nuestro imán y maestro. Está a punto de venir para dirigir las oraciones nocturnas.

Hussein estaba profundamente conmovido con esta narración. Empezó a llorar al pensar en los esfuerzos de su mujer y el hijo que ni siquiera había llegado a conocer. Justo entonces, entró en la sala un joven, hermoso y radiante, vestido con las ropas de un imán. Era el mismo hombre que Hussein había visto en su casa.

Después de la oración, Hussein se volvió hacia el pueblo de su maestro y se postró con profunda humiladad: “Miles de gracias y miles de bendiciones para ti, mi maestro incomparable”. Cuando los aldeanos le preguntaron que significaba aquel extraño comportamiento, les contó toda la historia, que él era aquel Hussein que había salido de su pueblo treinta años antes en búsqueda de sabiduría, y les relató cómo había pasado un año aprendiendo la paciencia, y cómo aquellas enseñanzas habían evitado una terrible catástrofe. Abrazó a su hijo y los dos volvieron juntos a casa.

 

 

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