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LEY DEL KARMA Y DHARMA - RECURRENCIA


 

 


Ante todo es necesario que entendamos lo que es la palabra sánscrita Karma. No está de más aseverar que tal palabra en sí misma significa Ley de Acción y Consecuencia. Obviamente, no existe causa sin efecto, ni efecto sin causa. Cualquier acto de nuestra vida, bueno o malo tiene sus consecuencias.

Es indubitable que el Ego comete innumerables errores cuyo resultado es el dolor. Pensemos por un momento en las muchedumbres humanoides que pueblan la faz de la Tierra. Sufren lo indecible víctimas de sus propios errores; sin el Ego no tendríamos esos errores, ni tampoco sufriríamos las consecuencias de los mismos.

La Ley de Karma y Dharma está dirigida por el Jerarca Anubis y sus cuarenta y dos Jueces de la Ley.

Lo único que se requiere para tener derecho a la verdadera felicidad es ante todo no tener Ego. Ciertamente, cuando no existen dentro de nosotros los agregados psíquicos, los elementos inhumanos que nos vuelven tan horribles y malvados, no hay Karma por pagar y el resultado es la felicidad.

Cuando uno vive de acuerdo con el recto pensar, el recto sentir y el recto obrar, las consecuencias suelen ser dichosas. Desafortunadamente, el pensamiento justo, el sentimiento justo, la acción justa, etc., se hace imposible cuando una segunda naturaleza inhumana, actúa en nosotros y dentro de nosotros y a través de nosotros, aquí y ahora. Si no fuese por el mí mismo, nadie sería iracundo, nadie codiciaría los bienes ajenos, ninguno sería lujurioso, envidioso, orgulloso, perezoso, glotón, etc.

La Justicia y la Misericordia son las dos columnas torales de la Fraternidad Universal Blanca. La Justicia sin Misericordia es tiranía; la Misericordia sin Justicia es tolerancia, complacencia con el delito. En este mundo de desdichas en que nos encontramos, se hace necesario aprender a manejar nuestros propios negocios para enrumbar el barco de la existencia, a través de las diversas escalas de la vida.

El Karma es negociable y esto es algo que puede sorprender muchísimo a los secuaces de diversas escuelas ortodoxas. Ciertamente algunos pseudo-esoteristas y pseudo ocultistas se han tornado demasiado pesimistas en relación con la Ley de Acción y Consecuencia; suponen equivocadamente que ésta se desenvuelve en forma mecanicista, automática y cruel. Si la Ley de Acción y Consecuencia (Karma y Dharma), si el Némesis de la existencia no fuera negociable, entonces ¿dónde quedaría la Misericordia Divina?

Cuando una ley inferior es transcendida por una ley superior, la ley superior lava a la ley inferior.

Haz buenas obras para que pagues tus deudas (Karma). Al León de la Ley se le combate con la Balanza. Quien tiene con qué pagar, paga y sale bien en sus negocios; quien no tiene con qué pagar, pagará con dolor.

Si en un platillo de la Balanza Cósmica, ponemos las buenas obras y en el otro las malas, es evidente que el Karma dependerá del peso de la balanza.

Si pesa más el platillo de las malas acciones, el resultado será las amarguras; sin embargo, es posible aumentar el peso de las buenas obras en el platillo del fiel de la balanza y en esta forma cancelaremos Karma sin necesidad de sufrir. Todo lo que necesitamos es hacer buenas obras para aumentar el peso en el platillo de las buenas acciones. Nunca debemos protestar contra el Karma, lo importante es saberlo negociar. Desgraciadamente a las gentes lo único que se les ocurre, cuando se hallan en una gran amargura, es lavarse las manos como Pilatos, decir que no han hecho nada malo, que no son culpables, que son almas justas, etc.

A los que están en miseria que revisen su conducta, que se juzguen a sí mismos, que se sienten, aunque sea por un momento, en el banquillo de los acusados, que después de un somero análisis de sí mismos, modifiquen su conducta. Si esos que se hallan sin trabajo se tornasen castos, infinitamente caritativos, apacibles, serviciales en un cien por ciento, es obvio que alterarían radicalmente la causa de su desgracia, modificando en consecuencia, el efecto. No es posible alterar un efecto si antes no se ha modificado la causa que lo produjo, pues como ya dijimos, no existe efecto sin causa ni causa sin efecto. No hay duda de que la miseria tiene sus causas en las borracheras, asqueante lujuria, en la violencia, en los adulterios, en el despilfarro y en la avaricia, etc. No es posible que alguien se encuentre en miseria cuando el Padre que está en secreto se encuentra aquí y ahora.

El Karma es una medicina que se nos aplica para nuestro propio bien. Desgraciadamente las gentes, en lugar de inclinarse reverentes ante el eterno Dios viviente, protestan, blasfeman, se justifican a sí mismos, se disculpan neciamente y se lavan las manos como Pilatos. Con tales protestas no se modifica el Karma, al contrario, se torna más duro y severo.

Reclamamos fidelidad del cónyuge cuando nosotros mismos hemos sido adúlteros en ésta o en vidas precedentes.

Pedimos amor cuando hemos sido despiadados y crueles. Solicitamos comprensión cuando nunca hemos sabido comprender a nadie, cuando jamás hemos aprendido a ver el punto de vista ajeno.

Anhelamos dichas inmensas, cuando hemos sido siempre el origen de muchas desdichas.

Hubiéramos querido nacer en un hogar muy hermoso y con muchas comodidades, cuando no supimos en pasadas existencias brindarle a nuestros hijos hogar y belleza. Protestamos contra los insultadores cuando siempre hemos insultado a todos los que nos rodean.

Queremos que nuestros hijos nos obedezcan, cuando jamás supimos obedecer a nuestros padres.

Nos molesta terriblemente la calumnia, cuando nosotros siempre fuimos calumniadores y llenamos al mundo de dolor.

Nos fastidia la chismografía, no queremos que nadie murmure de nosotros, y sin embargo, siempre anduvimos en chismes y murmuraciones hablando mal del prójimo, mortificándole la vida a los demás. Es decir, siempre reclamamos lo que no hemos dado; en todas nuestras vidas anteriores fuimos malvados y merecemos lo peor, pero nosotros suponemos que se nos debe dar lo mejor.

Los enfermos, en vez de preocuparse tanto por sí mismos, deberían trabajar por los demás, hacer obras de caridad, tratar de sanar a otros, consolar a los afligidos, llevar al médico a quienes no tienen con qué pagarlo, regalar medicinas, etc., y así cancelarían su Karma y sanarían totalmente.

Quienes sufren en sus hogares deberían multiplicar su humildad, su paciencia y serenidad. No contestar con malas palabras; no tiranizar al prójimo, no fastidiar a los que nos rodean, saber dispensar los defectos ajenos con una paciencia multiplicada hasta el infinito, así cancelarían su Karma y se volverían mejor.

Desgraciadamente, ese Ego que cada cual tiene dentro, hace exactamente lo contrario de lo que aquí estamos diciendo, por tal motivo considero urgente, inaplazable, impostergable, reducir al mí mismo a polvareda cósmica.

Cuando tal o cual Karma se encuentra ya totalmente desarrollado y desenvuelto, tiene que llegar hasta el final inevitablemente. Esto significa que sólo es posible modificar radicalmente el Karma cuando el arrepentimiento es total y cuando toda posibilidad de repetir el error que lo produjo, ha desaparecido radicalmente.

Karmaduro llegando a su final es siempre catastrófico. No todo el Karma es negociable.

Es bueno saber también que cuando hemos eliminado radicalmente al "yo psicológico", la posibilidad de delinquir queda aniquilada y en consecuencia, el Karma puede ser perdonado.

LA LEY DE RECURRENCIA (del libro "El Misterio del Aureo Florecer")

Con una serie de insólitos relatos quiero explicar ahora lo que es la Ley de Recurrencia.
Ciertamente la citada Ley nunca fue para mí algo nuevo, extraño o extravagante: en nombre de Eso que es lo Divinal, debo afirmar en forma especial que esa pragmática regla, sólo la conocí a través de mis inusitadas vivencias.

Dar fe de todo aquello que realmente hemos experimentado directamente, es un deber para con nuestros semejantes.

Jamás he querido escabullirme, zafarme intelectualmente, de entre esa múltiple variedad de recuerdos, relacionados con mis tres existencias anteriores y lo que corresponde a mi vida actual.

Para bien de la Gran Causa por la cual estamos luchando intensamente, prefiero pechar, asumir responsabilidades, pagar, confesar francamente mis errores ante el veredicto solemne de la conciencia pública.

Fehacientemente y sin ambages es oportuno declarar ahora que yo fui en España el Marqués Juan Conrado, tercer gran señor de la provincia de Granada.

Es evidente que esa fue la época dorada del famoso imperio de España: el cruel conquistador Hernán Cortés, alevoso cual ninguno, había atravesado con su espada el corazón de México mientras el despiadado Pizarro, en el Perú, hacía huir a las cien mil vírgenes.

Como quiera que muchos nobles y plebeyos, aventureros y perversos en busca de fortuna, se embarcaban constantemente para la Nueva España, yo en modo alguno podía ser una excepción.

En una simple carabela, frágil y ligera, navegué durante varios meses por entre el borrascoso océano con el propósito de llegar a estas tierras de América.

No está de más aseverar que jamás tuve la intención de saquear los sagrados templos de los augustos misterios, ni de conquistar pueblos o destruir ciudadelas.

Anduve ciertamente por estas tierras de América en busca de fortuna; desafortunadamente cometí algunos errores.

Estudiarlos es necesario para conocer las paralelas y edificar conscientemente la sabia Ley de Recurrencia.

Esos eran mis tiempos de Bodhisattva caído y por cierto que no era una mansa oveja.

Han pasado los siglos y como quiera que tengo la Conciencia despierta, jamás he podido olvidar tanto desatino.

La primera paralela que debemos estudiar se corresponde exactamente con mi actual cuerpo físico.

En habiendo llegado en frágil embarcación de la Madre Patria, me establecí muy cerca de los acantilados en estas costas del Atlántico.

Por aquellos tiempos de la conquista española, existía desgraciadamente este otro negocio internacional relacionado con la infame venta de negros africanos.

Entonces para bien o mal conocí a una noble familia de color, originaria de Argelia.

Todavía recuerdo a una doncellita tan negra y tan hermosa como en un sueño milagroso de las Mil y Una Noches.

Si compartí con ella el lecho de placeres en el jardín de las delicias, fue realmente motivo por el incentivo de la curiosidad; quería conocer el resultado de este cruce racial.

Que de ello naciera un vástago mulato, nada tiene de raro; más tarde vino el nieto, el bisnieto y el tataranieto.

En aquellos tiempos de Bodhisattva caído, me olvidé de las famosas Marcas Astrales que se originan en el coito y que todo desencarnado lleva en su Karmasaya.

Resulta palpario y manifiesto que tales marcas le relacionan a uno con aquellas gentes y sangre asociadas con el coito químico; es oportuno decir ahora que los yoguis del Indostán han hecho ya sobre esto detenidos estudios.

No está de más aseverar que mi actual cuerpo físico deviene de la citada cópula metafísica; con otras palabras diré que así vine a quedar vestido con carne que llevo en mi presente existencia. Mis antepasados paternos fueron exactamente los descendientes de aquel acto sexual del marqués.

Asombra que nuestros descendientes a través del tiempo y la distancia se conviertan en ascendientes. Es maravilloso que después de algunos siglos vengamos a revestirnos con nuestra propia carne, a convertirnos en hijos de nuestros propios hijos.

Viajes incesantes por estas tierras de la Nueva España caracterizaron la vida del marqués y estos se repitieron en mis subsiguientes existencias incluyendo la actual.

Litelantes como siempre estuvo a mi lado soportando pacientemente todas esas sandeces de mis tiempos de Bodhisattva caído. En llegando el otoño de la vida en cada reencarnación, confieso sin ambages que siempre hube de marcharme con la "enterradora", quiero referirme a una antigua iniciada por la cual siempre abandonaba a mi esposa y que en una y otra existencia cumplió con su deber de darme cristiana sepultura.

En el atardecer de mi vida presente, volvió a mí esa antigua iniciada; la reconocí de inmediato, pero como quiera que ya no estoy caído la repudié con dulzura; ella se alejó afligida.

Revestido con esa personalidad altiva y hasta insolente del marqués, inicié el retorno a la madre patria después de cierta asqueante bronca motivada por un cargamento de diamantes en bruto extraídos de una mina muy rica.

Para bien de muchos lectores no está de más hacer cierto énfasis al aseverar crudamente que después de un corto intervalo en la región de los muertos, hube de entrar nuevamente en escena reencarnificándome en Inglaterra.

Ingresé al seno de la ilustre familia Bleler y se me bautizó con el piadoso nombre de Simeón.

Con el florecer juvenil me trasladé a España movido por el anhelo íntimo de retornar a América. Así trabaja la Ley de Recurrencia.

Obviamente, se repitieron en el espacio y en el tiempo las mismas escenas, idénticos dramas, similares despedidas, etc., incluyendo como es natural el viaje a través del borrascoso océano.

Intrépido salté a tierra en las costas tropicales de Suramérica, habitadas entonces por diferentes tribus.

Explorando tales y cuales regiones selváticas habitadas por bestias feroces, llegué al valle profundo de Nueva Granada a los pies de las montañas de Monserrate y Guadalupe: hermoso país gobernado por el Virrey Solís.

Es incuestionable que por estos tiempos, de hecho comenzaba a pagar el Karma que debía desde los años del marqués.

Entre estos criollos de la Nueva España, resultaban inútiles mis esfuerzos por conseguir algún trabajo bien remunerado; desesperado por la mala situación económica ingresé como un simple soldado raso en el ejército del soberano; por lo menos allí encontré pan, abrigo y refugio.

Sucedió que un día festivo muy de mañana, las tropas de su majestad se preparaban para rendir honores muy especiales a su jefe y por ellos se distribuían aquí, allá y acullá realizando maniobras con el propósito de organizar filas.

Todavía recuerdo a cierto sargento mal encarado y pendenciero que revisando a su batallón, daba gritos, maldecía, pegaba, etc.

De pronto, llegándose ante mí me insultó gravemente porque mis pies no se hallaban en correcta posición militar y después observando detalles minuciosos de mi chaqueta, alevoso me abofeteó.

Lo que sucedió luego no es muy difícil adivinarlo: nada bueno se puede esperar jamás de un Bodhisattva caído. Sin reflexión alguna, torpemente, clavé mi acerada bayoneta sanguinaria en su aguerrido pecho.

El hombre cayó en tierra herido de muerte, gritos de pavor por doquiera se escuchaban, mas yo fui astuto y aprovechando precisamente la confusión, el desorden y el espanto, escapé de aquel lugar perseguido muy de cerca por la soldadesca bien armada.

Anduve por muchos caminos rumbo a las escarpadas costas del océano Atlántico, se me buscaba por doquier y por ello evitaba siempre el paso por las alcabalas dando muchos rodeos a través de las selvas.

En los caminos carreteables (que bien pocos eran en aquellos tiempos), pasaban a mi lado algunos carruajes arrastrados por parejas de briosos corceles: en tales vehículos viajaban gentes que no tenían mi Karma, personas adineradas.

Un día cualquiera a la vera del camino, cerca a una aldea, hallé una tienda humilde y en ella penetré con el ánimo de beberme una copa, quería animarme un poco.

¡Atónito! ¡Confundido! ¡Asombrado! quedé al descubrir que la dueña de ese negocio era Litelantes. ¡Oh!, yo la había amado tanto y ahora la encontraba casada y madre de varios hijos. ¿Qué reclamo podía hacer? Pagué la cuenta y salí de allí con el corazón desgarrado...

Continuaba la marcha por el sendero, cuando con cierto temor pude verificar que alguien venía tras de mí: el hijo de la señora, una especie de alcalde rural. Tomó la palabra aquel joven para decirme: "De acuerdo con el artículo 16 del Código del Virrey está usted detenido". Inútilmente traté de sobornarle: aquel caballero bien armado me condujo ante los tribunales y es obvio que después de ser sentenciado hube de pagar muy larga prisión por la muerte del sargento.

Cuando salí en libertad caminé por las riveras salvajes y terribles del caudaloso río Magdalena, ejerciendo muy duros trabajos materiales doquiera tuviese la oportunidad.

Como nota interesante del presente capítulo, debo decir que la Esencia de ese alcalde por el cual hube de pasar tantas amarguras encerrado en una inmunda mazmorra, retornó con cuerpo femenino; es ahora una hija mía; por cierto que ya hasta madre de familia es, me ha dado algunos nietos.

Antes de su reingreso interrogué en los mundos suprasensibles a esa Alma; le pregunté sobre el motivo que le inducía a buscarme por padre, me respondió diciendo que tenía remordimiento por el mal que me había causado y que quería portarse bien conmigo para enmendar sus errores. Confieso que está cumpliendo su palabra.

En aquella época me establecí en las costas del océano Atlántico después de infinitas amarguras kármicas, repitiendo así todos los pasos del insolente marqués Juan Conrado... Lo mejor que hice fue haber estudiado el esoterismo, la medicina natural, la botánica...

Los nobles aborígenes de aquellas tierras tropicales, me brindaron su amor agradecidos por mi labor de galeno: les curaba siempre en forma desinteresada...

Algo insólito sucede cierto día: se trata de la espectacular aparición de un gran señor venido de España. Ese caballero me narró sus infortunios. Traía en su nave toda su fortuna y los piratas le seguían. Quería un lugar seguro para sus ricos caudales.

Fraternalmente le brindé consuelo y hasta le propuse abrir una cueva y guardar en ella sus riquezas: el señor aceptó mis consejos no sin antes exigirme solemne juramento de honradez y lealtad.

Con la fragancia de la sinceridad y el perfume de la cortesía entrambos nos entendimos. Después di órdenes a mi gente, un grupo muy selecto de aborígenes. Estos últimos entreabrieron la corteza de la tierra.

Hecho el hueco metimos allí con gran diligencia un baúl grande y una caja más chica, conteniendo morrocotas de oro macizo y ricas joyas de incalculable valor.

Mediante ciertos exorcismos mágicos logré el encantamiento de la "joyosa guardada", como dijera don Mario Roso de Luna, con el propósito de hacerla invisible ante los desagradables ojos de la codicia.

El caballero me remuneró muy bien haciéndome generosa entrega de una bolsa con monedas de oro y luego se alejó de esos lugares haciéndose a sí mismo el propósito de volver a su madre patria para traer de allí a su familia, pues deseaba establecerse señorialmente en estas bellas tierras de la Nueva España.

El reloj de arena del destino jamás está quieto: pasaron los días, los meses y los años y aquel buen hombre jamás regresó; tal vez murió en su tierra o cayó víctima de la piratería que entonces infestaba los siete mares, no lo sé.

Existen casos sensacionales en la vida; cierto día en mi presente reencarnación, estando lejos de esta mi tierra mexicana, platicaba sobre dicho asunto con cierto grupo de hermanos gnósticos entre los cuales descollaba por su sabiduría el Maestro Gargha Kuichines. Fue entonces cuando recibí una tremenda sorpresa: vi con místico asombro como el soberano comendador G.K., se levantaba para confirmar en forma enfática mis palabras.

El citado Maestro nos informó que él personalmente había visto escrito tal relato en dorados versos. Nos habló de un viejo libro polvoriento y lamentó haberlo prestado. ¡Válgame Dios y Santa María!, pero si yo jamás sabía de tal tratado.

Viejas tradiciones antiquísimas nos dicen que muchas gentes de esas costas del Caribe estuvieron buscando el tesoro de Bleler.

Curioso es que aquellos nobles aborígenes que antes enterraran tan rica fortuna, estén nuevamente reincorporados formando el grupo del S.S.S. Así trabaja la Ley de Recurrencia.

Recuerdo claramente que después de aquella mi borrascosa existencia con la sobredicha personalidad inglesa, fui constantemente invocado por esas personas que se dedican al espiritismo o espiritualismo. Querían que les dijese cuál era el lugar donde se encontraba guardado el delicioso dorado, codiciaban el tesoro de Bleler, empero, es evidente, que fiel a mi juramento en la región de los muertos, jamás quise entregarles el secreto.

Repitiendo los pasos del insolente marqués Juan Conrado, en mi subsiguiente existencia vine a reencarnificarme en México, se me bautizó con el nombre de Daniel Coronado, nací en el norte, por los alrededores de Hermosillo, lugares todos estos conocidos en otros tiempos por el marqués. Mis padres quisieron todo el bien para mí y de joven me inscribieron en la academia militar, más todo fue en vano.

Cualquier día de esos tantos, aproveché malamente un fin de semana en banqueteos y borracheras con amigos calaveras. Confieso todavía con cierta vergüenza, que hube de regresar a casa con el uniforme de cadete sucio, desgarrado y envilecido... Es obvio que mis padres se sintieron defraudados.

Es ostensible que no volví jamás a la academia militar: indudablemente desde ese momento comenzó mi camino de amarguras... Afortunadamente reencontré entonces a Litelantes, ella se hallaba reencarnificada con el nombre de Ligia Paca (o Francisca). A buena hora me recibió por esposo...

Biografiar cualquier vida resulta de hecho un trabajo muy difícil y de enjundioso contenido y por ello sólo hago resaltar con fines esotéricos determinados detalles.

Incuestionablemente yo no gozaba de holgada situación, difícilmente me ganaba el pan nuestro de cada día; muchas veces comía con el mísero salario de Ligia; ella era una pobre maestra de escuela rural y para colmos hasta le atormentaba con mis execrables celos. No quería ver con buenos ojos a todos esos sus colegas del magisterio que le brindaban amistad...

Sin embargo, algo útil hice por aquellos tiempos: formé un bello grupo esotérico gnóstico en pleno Distrito Federal. Los estudiantes de tal congregación en mi actual existencia de acuerdo con la Ley de Recurrencia retornaron a mí...

Durante el cruento régimen porfirista tuve un cargo por cierto no muy agradable en la policía rural. Cometí el error imperdonable de enjuiciar al famoso "golondrino", peligroso bandolero que asolaba a la comarca; es claro que tal maleante murió fusilado...

En mi actual existencia le reencontré reincorporado en humano cuerpo femenino; sufría delirio de persecución, temía que le encarcelasen por hurto: luchaba por desatarse de ciertos lazos imaginarios; creía que ya le iban a fusilar... es claro que cancelé mi deuda curando a dicha enferma; los psiquiatras habían fallado lamentablemente: ellos no fueron capaces de sanarla...

Al estallar la rebelión contra don Porfirio Díaz, abandoné el nefasto puesto en la Rural. Entonces con humildes proletarios de pico y pala, pobres peones sonsacados de las haciendas de los amos, organicé un batallón. Era ciertamente admirable este valeroso puñado de gente humilde armada apenas con machetes, pues nadie tenía dinero como para comprar armas de fuego. Afortunadamente el general Francisco Villa nos recibió en la División del Norte; allí se nos dieron caballos y fusiles.

No hay duda de que por esos años de tiranía luchamos por una gran causa; el pueblo mexicano gemía bajo las botas de la dictadura...

En nombre de la verdad debo decir que mi personalidad como Daniel Coronado fue ciertamente un fracaso: lo único por lo cual valió la pena vivir fue por el grupo esotérico en el Distrito Federal y por mi sacrificio en la revolución...

A mis compañeros de la rebelión les digo: abandoné las filas cuando enfermé gravemente. En los postreros días de esa vida tormentosa, anduve por las calles del Distrito Federal, descalzo, con las ropas vueltas pedazos, hambriento, viejo, enfermo y mendigando...

Con profundo pesar confieso francamente que vine a morir en una casucha inmunda.

Todavía recuerdo aquel instante en que el galeno sentado en una silla, después de haberme examinado, exclama moviendo la cabeza: "Este caso está perdido". Y luego se retiró.

Lo que de inmediato continúa es tremendo: siento un frío espantoso como hielo de muerte. A mis oídos llegan gritos de desesperación: "¡San Pedro, San Pablo, ayudadlo!" Así exclama esa mujer a la cual llamo la "enterradora".

Extrañas manos esqueléticas me agarran por la cintura y me sacan fuera del cuerpo físico. Es obvio que el Angel de la Muerte ha intervenido. Resueltamente corta con su hoz el cordón de plata y luego me bendice y se aleja.

¡Bendita Muerte, cuanto tiempo hacía que te aguardaba, al fin llegasteis en mi auxilio, bastante amarga era mi existencia!

Dichoso reposé en los mundos superiores después de innúmeras amarguras: ciertamente el humano dolor de los mortales tiene también su límite más allá del cual reina la paz.

Desafortunadamente no duró mucho aquel reposo entre el seno profundo de la eternidad: un día cualquiera, muy quedito, vino a mí uno de los brillantes Señores de la Ley. Tomó la palabra y dijo:

-Maestro Samael Aun Weor, ya todo está listo, sígame.

Yo respondí de inmediato: Sí Venerable Maestro, está bien, le seguiré. Anduvimos entonces juntos por diversos lugares y penetramos al fin en una casa señorial, atravesamos un patio y después pasamos por una sala y luego entramos en la recámara de la matrona: oímos que se quejaba, sufría dolores de parto...

Ese fue el instante místico en que vi con asombro el Cordón de Plata de mi existencia actual conectado psíquicamente al infante que estaba por nacer.

Momentos después aquella criatura inhalaba con avidez el Prana de la Vida: me sentí atraído hacia el interior de ese pequeño organismo y luego lloré con todas las fuerzas de mi Alma...

Vi a mi alrededor algunas personas que sonreían y confieso que especialmente me llamó la atención un gigante que me miraba con cariño; era mi progenitor terrenal.

No está de más decir con cierto énfasis, que aquel buen autor de mis días fuera en la época medieval durante los tiempos de la caballería, un noble señor al cual hube de vencer en cruentas batallas. Juró entonces venganza y es claro que la cumplió en mi presente existencia.

Muy joven abandoné la casa paterna movido por dolorosas circunstancias y viajé por todos aquellos lugares do antes estuviera en pretéritas existencias.

Se repitieron los mismos dramas, las mismas escenas: Litelantes apareció nuevamente en mi camino, me reencontré con mis viejos amigos: quise hablarles, pero no me conocieron; inútiles fueron mis esfuerzos por hacerles recordar nuestros tiempos idos.

Sin embargo, algo nuevo sucedió en mi presente reencarnación: mi Real Ser Interior hizo esfuerzos desesperados, terribles, por traerme al camino recto del cual me había desviado desde hacía mucho tiempo.

Confieso francamente que disolví el Ego y que me levanté del lodo de la tierra.

Es obvio que el Yo está sometido a la Ley de Recurrencia, cuando el Mí mismo se disuelve adquirimos libertad, nos independizamos de la citada Ley.

La práctica me ha enseñado que las diferentes escenas de las diversas existencias se procesan dentro de la Espiral Cósmica, repitiéndose siempre ya en espiras más altas o más bajas.

Todos los hechos del marqués, incluyendo sus innúmeros viajes, se repitieron siempre en espiras cada vez más bajas en las tres reencarnaciones subsiguientes.

Existen en el mundo personas de repetición automática, exacta, gentes que renacen siempre en el mismo pueblo y entre su misma familia.

Es evidente que tales Egos ya se saben de memoria su papel y hasta se dan el lujo de profetizar sobre sí mismos: es claro que la constante repetición no les deja olvidar sucesos, por ello parecen adivinos.

Dichas personas suelen asombrar a sus familiares por la exactitud de sus pronósticos.


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